Por Amadeo González Triviño



Hemos considerado que no se necesita ser un artista para vibrar con el desgarramiento interior, cuando el mundo y las adversidades llegan a tocarnos de tal manera, que creemos que perdemos la fe en el arte y en los artistas, porque la realidad se sobrepone con el mundo del dolor, de la angustia y de la desesperación.


Pero quien está dotado de la sensibilidad del poeta, del escultor, del escritor, del pintor y del artista en una palabra, es su obra, la máxima expresión con la cual se puede combatir y destruir ese dolor, para dejar una presencia, una huella, un monumento que repercuta por siempre, como testigo inmóvil y silencioso de esa angustia, de esa afrenta que la vida nos regala.

José Emiro Garzón Correa, ha roto todos los esquemas propios para refrendar con Michelangelo Buonarroti, o mejor conocido como Miguel Ángel, su primigenia concepción de que la escultura es la suma de todas las bellezas y la perfección del arte mismo.

Emiro nos sigue dejando una huella, son sus obras, sus monumentos, su presencia real en un mundo trastocado por la violencia y la indiferencia, los elementos sacros sobre los cuales se edifica una escuela nueva de la filosofía de la vida y del reconocimiento al hombre, en esos pequeños gajes que nos involucran en la construcción de sociedad. Donde la mujer, es fuente dinámica de todo lo que se crea y de todo lo que se destruye.

En las manos de Emiro, se transmite la transfiguración de la divinidad del cuerpo de sus personajes, símil que repetimos para hablar de nuestro escultor, ya que en su obra ha logrado darle trascendencia histórica y permanencia en lo cotidiano, en lo que tiene apariencia de banalidad, pero que en el fondo, tienen la esencia y la espiritualidad de todo lo sublime.

La magnitud de su obra, es testigo silencioso, de ese hombre que empezó en pequeños moldes a darle forma a su imaginación, que fue poco a poco, concibiendo una idea y que martillado por los azotes de la realidad que lo subyuga y lo somete, ha llegado a imponerse sobre el dolor, ha llegado a conquistar en la más alta expresión del arte, su grito de conquista, que arrasa y destruye la animadversión, el irrespeto y la violencia con la que muchos congéneres, nos responden cuando damos la mano o servimos como guías en la construcción de ese mundo imaginario de una sociedad al servicio de todos y para beneficio de todos.

Emiro es grande en la pequeñez de su cuerpo, pero es infinito en el mundo que le rodea, cuando sus huellas marcan la diferencia con esos elementos menores que no conciben la grandeza del hombre, más que para mancillarla y destruirla.

Su obra pervive y nosotros sus secuaces, seguiremos siendo sus principales aliados en la construcción de ese imaginario de paz, de amistad y de lucha contra el desgarramiento que nos acosa y que nos generan las personas que más amamos y que siempre hemos adorado, como le ha pasado a Emiro y como queda registrado en su obra.

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